Los oficios de la vida

Nada más bajarnos del autobús sentimos cómo el viento norte del Chaco aturdía más de la cuenta, pero no amainaba el calor ni el sopor de la espera en la cola de migraciones. Cuando le tocó el turno a mi amigo el colombiano, que por haber nacido donde nació merecía una revisada general para luego preguntarle a qué se dedicaba y a qué venía al Paraguay, por parte de la autoridá.

La respuesta le sonó tan desconcertante al uniformado.

—¿Qué? ¿cómo?

—Cuentero soy, como le dije.

—¿Cuentero…hee?

—Sí, cuento cuentos, a eso me dedico y vengo a un festival de cuentería a Asunción.

—Pero no pue chamigo, eso pio existe… vos me querés engañar.

—En serio y si no me cree le puedo contar un cuento.

—¿Heee? Ehh, no sé, este…dale contá entonces, pero esperá que llamo a mis camaradas para reírnos un poco.

Y así fue que Javier Tauta, el cuentero colombiano, sedujo a los militares con sus historias y le sellaron el pasaporte. Entre risas y cierta sorpresa, le despidieron con un ¡hoita cuentero, pe aña mechu!, una expresión entre guaraní y castellano, de festejo o admiración.

Unos años después, en Sevilla, me llevaron a un espectáculo de micropoemas y música. Fui a ver de qué se trataba, sin complejos (y sin tener idea alguna). Salí encantado, porque Ajo (que así  se hace llamar), la micropoetisa, nos embrujó esa noche con sus versos mínimos y su canalla actitud en el escenario.

Así como aquella calurosa tarde en el Chaco paraguayo, esos milicos supieron lo que era un “cuentero”, en la noche sevillana descubrí lo que es una “micropoetisa”. En carne y hueso.

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