La credulidad de los adultos

La credulidad de los adultos

En esto de andar contando cuentos a viva voz e intentar vivir además de ello, no siempre se nos presentan ocasiones o espacios que reúnan las condiciones ideales, sobre todo para público adulto, porque para público infantil hay muchos.

El repertorio es otro asunto peliagudo. Siempre cabe la duda de si los adultos entrarán en el juego, en la magia, en la fantasía contada, como sucede con los niños y niñas. Sin embargo, hay veces en las que todo se alinea: un espacio acogedor, el silencio necesario, un público numeroso y respetuoso. Esto me pasó la otra noche en Montequinto (Dos Hermanas). Con San Valentín como excusa, me invitaron a contar en una libro taberna, donde los dueños se esmeraron en poner un foco para el escenario, un buen espacio para el artista y las mesas y sillas bien dispuestas para pasar una velada romántica, erótica y además festiva. Por lo que supe luego, el público no era habitué de los cuentos, con lo que había diferentes expectativas y eso se notó en las caras al inicio. Como que no sabían muy bien por dónde respiraría la noche. De hecho, era la primera vez que se hacía un espectáculo de cuentos para adultos en el espacio, por lo que tocó inaugurar el escenario para la cuentería.

La gente llegó temprano y media hora antes de la función el local ya estaba lleno, eso me puso muy nervioso, tenso, generándome dudas en el repertorio. Me presentaron, salí, probé la respuesta de la gente. Vi algunas caras conocidas, pocas, las demás con cierta incertidumbre de que lo que iban a ver y escuchar fuera de su agrado, o al menos eso es lo que sentí y en este oficio sentir al público es importante, vital. Después de contar unas anécdotas personales, para ir entrando en calor, empecé con lo que quería ofrecer, relatos de parejas, algo eróticas, con humor, entró bien, lo noté por alguna que otra sonrisa de complicidad. A medida que iba avanzando la noche en el repertorio ya viajábamos juntos, jóvenes, mujeres, hombres, parejas, amigas de siempre. Nos pegamos un viaje, nos reímos hasta de una historia muy absurda, como absurda podría resultar para los que pasaban por ahí y curioseaban, que unos adultos estuvieran escuchando cuentos una noche de sábado, en un barrio de las afueras.

Al terminar la función, algunas personas querían ahondar en las tripas de los cuentos, como si esa verdad revelada (y a veces rebelada) en el escenario necesitara de su confrontación, de ser cuestionada o alabada también por ellas. Como si hubiera una necesidad ineludible de decirle algo al artista sobre lo que acababa de ocurrir. Nos quedamos a tertuliar, a seguir hablando de cosas absurdas, de leyendas y amores fantasmas.

Parte del público en la tertulia posterior en «La librería» de Montequinto

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